Néstor Kirchner planteó la pelea con el campo como una guerra en la que había que ganar o ganar. Y perdió. El ex presidente capituló. Pero nadie espere verlo entregar el sable en una ceremonia en la plaza pública. El santacruceño, que arrastró al gobierno de su mujer durante seis meses de odios y desatinos hasta este presente incierto y marcado por una enorme derrota, mantiene intacta su capacidad para considerar enemigos mortales a quienes no aceptan sus designios. Y ha mantenido a flor de piel las peores mañas y los más negativos rasgos de soberbia y autismo, que logró contagiar a su sucesora, aun en la hora más dura que haya sufrido su espacio político en estos cinco años y medio de ejercicio autoritario del poder.
”Perdimos, pero que no se note”, sería, en boca de uno de los funcionarios que gastan pasillos en la Casa Rosada, la síntesis más acabada de lo que se ha visto por estas horas que siguieron al rotundo fracaso en el Senado.
El decreto que deroga la resolución 125 sobre retenciones móviles, leído por Alberto Fernández el viernes, no incluye la más mínima autocrítica de lo ocurrido. Ni siquiera una línea para dimensionar en su justa medida ese paso arrancado al gobierno por las consecuencias inmediatas de aquella capitulación. Rebosa, por el contrario, de renovados ataques contra los dirigentes del campo. Hasta hace alusiones que rozan aquella nefasta mención de Kirchner frente al Congreso sobre los comandos civiles, cuando pone en letra escrita las presiones que sufrieron los legisladores por los ataques a sus personas y a sus familias. No para ahí: aunque suene inconcebible, desconoce la derrota en la Cámara Alta tras el voto del vicepresidente Julio Cobos. Para el gobierno, en boca de Fernández, en ese recinto no se perdió. Se empató.
Seguro que la procesión va por dentro. Allí anidan, pero nunca en la superficie como mandan las formas del ex mandatario, los peores odios y rencores para los senadores del peronismo o del Frente para la Victoria que votaron en contra y que con ese paso impidieron que la ley fuera sancionada como llegó desde Diputados. El ex presidente y su mujer decidieron matar al mensajero. Pero es de tal claridad que no hubiese sido necesario el desempate de Cobos si el gobierno lograba alinear a toda su tropa en el voto a favor de la ley, que no resiste el más mínimo análisis. Aquí tampoco habrá capitulación pública.
Esa renovada impronta del santacruceño y esos rasgos de soberbia que tanto daño les han causado a la mandataria y a su gestión en las encuestas apareció antes en aquel discurso que pronunció Cristina Fernández en la noche chaqueña, el pasado jueves, menos de 24 horas después de la catástrofe del Congreso. En verdad, cualquier transeúnte desavisado que atinase a pasar por el lugar bien podría haber entendido que se trataba del mensaje de una mujer alegre, distendida y triunfante. Fue lo que ella mostró, para beneplácito de la claque que la admiraba desde la tribuna.
El gobierno no reconoce ni acepta el cachetazo que acaba de recibir. No ha aprendido nada de todo lo acontecido en estos cuatro meses y pocos días más. Por el contrario, tras el terremoto en el Senado, actitudes casi perversas, en su comportamiento, han aflorado en la superficie del kirchnerismo. Jamás le dará el más mínimo gesto a la sociedad, ni menos a la oposición, o a la dirigencia del campo, que impondría desde la más elemental razón el nuevo escenario que se abre. Por lo bajo, en todo caso –o como sostenía aquel funcionario, “sin que se note tanto”–, va entregando retazos de su derrota, como la derogación de la resolución 125, madre de todas las batallas contra la Mesa de Enlace y también del duro contraste que acaba de sufrir el oficialismo. No importa si la letra sacra de esa norma cometa la flagrante mentira de decir que el gobierno no perdió, sino que empató. En el Senado no hay empate, porque para eso, justamente, la Constitución Nacional le otorgó al vicepresidente la facultad de torcer la sanción de una ley hacia un lado o hacia otro. Delicias de la soberbia kirchnerista.
Ese pantallazo de las cosas alcanza y sobra para dar por tierra con aquellos que, en las filas del propio oficialismo, se entusiasmaban, en las horas que siguieron a la derrota en el Senado, con la posibilidad de hacer de la crisis una oportunidad y producir el ansiado despegue de Cristina Fernández de la negativa influencia del doble comando que le impuso Kirchner. Se empeña en desmentirlos esa forma de doblar la apuesta hasta la insensatez del matrimonio de Olivos.
Se ha visto, además, en estas horas, que en el gobierno hay una suerte de encerrona política en torno a la actitud, y al futuro, del vicepresidente Cobos. “No sabemos qué hacer con Cobos, pero lo que sí sabemos es que no debemos dejarlo crecer políticamente”, reconocían el viernes en pasillos de la Casa Rosada.
La primera parte de esa apreciación extraoficial se entiende: en el kirchnerismo hacen cola quienes dicen que debe ser expulsado del cargo por la traición en el Senado. O presionarlo de tal manera que no le quede otro camino que la renuncia. En verdad, no pueden hacer ni una cosa ni la otra. Menos la primera que la segunda, a menos que en este caso se eche mano a procedimientos que estremecen de sólo imaginarlos. “No temo por mi seguridad ni por la de mi familia”, dijo, para sorpresa de algunos, cuando recibió a los periodistas en su Mendoza natal.
Algunas alquimias folklóricas han surgido en ese derrotero: en la Casa Rosada cuidarán que Cobos no vuelva a pisar el despacho que le corresponde por su rango, a metros del que ocupa Cristina. Y buscan alguna alternativa –ninguna que se vea sin violar la Constitución– para que el vicepresidente no quede a cargo del Poder Ejecutivo cuando la jefa de Estado deba viajar al exterior.
En aquella dudosa estrategia de meter la cabeza debajo de la alfombra, el gobierno oculta que le duele –y mucho– el presente de Cobos. El vicepresidente ha podido pasearse en andas en su regreso triunfal a Mendoza, un gesto que hoy no podría emular el matrimonio de Olivos ni tampoco ninguno de los miembros del gobierno o de la tropa de legisladores aliados en el Congreso, a menos que lo hicieran custodiados por la guardia de adulones y matones que integran las filas del piqueterismo aliado. Lo dicho: el gobierno quisiera desembarazarse de Cobos, pero el vicepresidente se ha convertido, desde la madrugada del jueves, en casi un protegido de la sociedad. Tanto que, al calor de su histórico gesto de esa jornada dramática, ya han surgido especulaciones sobre su futuro político y hasta sobre sus chances presidenciales para 2011.
Mientras Cristina Fernández clamaba por un poco de autonomía y por avanzar de una vez por todas en el relanzamiento de su gestión, Kirchner otra vez echó manos a las peores formas de la política para cobrarse una derrota que le duele como pocas otras cosas en su vida personal y pública. Suya –y del grupo tan negativo para la administración de Cristina como los piqueteros D’Elía, Tumini, Pérsico y Depetris– fue la audaz idea de trascender a los medios que, durante aquella madrugada en Olivos, le había sugerido a la presidenta que presentara la renuncia y que armaran las valijas para regresar a Santa Cruz.
Más allá del inusitado crédito que algunos medios nacionales le dieron a una versión de imposible comprobación oficial, y de tamaña gravedad institucional, lo cierto es que se trató nada más que de una burda maniobra para victimizar a la mandataria y poder salir después con el gastado recurso del “operativo clamor”. Kirchner, desacoplado –debido a su desequilibrio emocional– de una sociedad que está harta de manifestaciones y paros absolutamente costosos e innecesarios, imaginó una nueva Plaza de Mayo llena de militantes peronistas y piqueteros para rogarle a la presidenta que se mantuviera en su cargo y luchara de esa forma contra quienes quieren dar un golpe de Estado. Un despropósito mayúsculo de un hombre que, en verdad, no necesita un psicólogo, como dijo Mario Llambías. Necesita un equipo de psiquiatras.
El gobierno de los Kirchner no reconocerá nada y, en todo caso, si se siente obligado a actuar bajo presión, lo hará con actitudes como la del insólito decreto que borró del mapa las retenciones móviles, o la casi fiesta de la victoria que Cristina celebró en Olivos, el viernes por la tarde, con la tropa de diputados y senadores que votaron afirmativamente en el Congreso, en la que otra vez aparecieron en boca de todos las presuntas actitudes golpistas de Cobos.
Lo que tratan de tapar con ese triunfalismo de entrecasa es que si el gobierno no cambia, si no aprende aunque sea en grado mínimo la lección, el panorama hacia adelante es oscuro. El matrimonio presidencial registra una imagen positiva que apenas se levanta del piso. La inflación, la puja salarial larvada por caciques sindicales que no tardarán en mostrar los dientes y otros factores que han estragado a la sociedad –como la inseguridad y la incertidumbre de un desmadre social que está siempre a la vuelta de la esquina– son asignaturas pendientes a las que más les vale prestarle atención.
Las predicciones agoreras, nacidas en cálculos del propio oficialismo respecto de una posible derrota en las elecciones parlamentarias de 2009 –cruciales si las hay para el oficialismo–, deberán ser tomadas en cuenta. Tremendistas en los cálculos y en los tiempos, hay quienes advierten que si no hay correcciones de estilo y de métodos de gobernar, de seguro no habrá un Kirchner para retener el poder cuando llegue el turno presidencial en 2011.
Un mensaje esperanzador se escuchó por estas horas cerca de Cristina. Se insiste en que se viene otro escenario; que la presidenta va a tomar el timón; que Kirchner va a salir paulatinamente de escena y que habrá una convocatoria amplia a un diálogo político y social que incluiría a los actores del campo y hasta a los partidos de la oposición. Se dice que habrá un nuevo gabinete de ministros y secretarios; que ella se sacará de encima a los impresentables; que sólo corresponde esperar que pase el cimbronazo de la derrota y el dolor de digerir la traición en sus propias filas. Cuesta creerlo, con los datos a la vista.
Eugenio Paillet/”La Nueva Provincia”