Al conmemorarse el 20 de julio el Día del Amigo es necesario recordar que la amistad verdadera requiere de sinceridad, entrega y, fundamentalmente, incondicionalidad. Esos son los pilares que transforman a la relación en un vínculo absoluto, sin restricciones.
Para recapacitar, resolver nuestras dudas y asimilar sin abatirnos las frustraciones y el dolor, necesitamos de experiencias y seguridades que han de provenir de nuestro exterior, muchas veces de los integrantes de nuestra propia familia, pero también de nuestros mejores amigos.
El vínculo afectivo entre dos amigos se asienta en un dar y recibir, en el reconocimiento y la reciprocidad, en colaborar e intercambiar y también en aceptar las diferencias. Un amigo aparece como un “refugio”, un lugar donde hospedar la angustia, los secretos y las confidencias.
Esta ligazón tan enriquecedora se basa en la libertad y el apoyo mutuo y es gracias a los amigos que nos vamos observando y creciendo, logrando la compañía necesaria para transitar la vida sin miedo extremo a los fracasos, porque ellos actúan como “amortiguadores”, como puntos de apoyo para seguir adelanto.
No con todos los amigos mantenemos la misma cercanía emocional. La diferencia está en cuánto y cómo partimos, en el nivel de complicidad y confianza con el que interactuamos. Así las situaciones dificultosas por las que todos pasamos distinguen la calidad de nuestras amistades.
Existen frenos para poder mantener la amistad: ser ‘fríos’, poco abiertos, padecer de dificultad para la comunicación o sentimientos de inferioridad, ofrecer un carácter obstinado pretendiendo tener siempre la razón.
En cambio, para convertirse en verdadero amigo es importante la espontaneidad, mostrarnos tal como somos, compartir el tiempo, ser afectuosos, cuidar la relación atendiendo a nuestros amigos y escuchándolos siempre que lo necesiten.
Lic. Marta Craichick.
