Las vivencias de la infancia dejan las marcas para futuras amistades en edades adultas. Sin embargo, la diferencia entre el adulto y el niño es que el chico no reemplaza al amigo que pierde y su dolor por esa pérdida crea un duelo difícil de superar.

Incluso no todo es tan sencillo para los adolescentes y adultos en tiempos donde la inmediatez, la aceleración y los horarios completos producen serios inconvenientes en desarrollar una amistad que requiere  espacios “cara a cara”.

¿Cómo se suple esto? Con la tecnología: el espacio cibernético, el chat y los mensajes de texto, que han aislado la humano del otro humano. Todo se reduce a frases pequeñas, esteriotipadas, por fuera de la emoción íntima que requiere presencia y tiempo.

            Replantearnos la amistad como sentimiento es pensar acerca de nosotros mismos en cuanto a la comunicación. La amistad vincula a dos personas que además de describirla idealizándola, también esconden otras emociones relacionadas con el poder, la sumisión, las envidias. Al igual que a toda relación humana, la tenemos que comprender como una madeja de sentimientos que nos ayudarán a desarrollarnos o a detenernos y empobrecer.

            Lo mejor es estar advertidos y de esa manera conservaremos las amistades que nos ayuden a ser buenas personas.

Lic. Marta Craichick.