Sucedió hoy


CRÓNICAS DE LA REPUBLICA
~Una escalada peligrosa~

     Debieran serenarse en el oficialismo. Néstor Kirchner, Daniel Scioli y los inefables Aníbal Fernández y Florencio Randazzo buscan imprimirle un sesgo violento a la campaña electoral que resulta francamente peligroso. Se sabe muchas veces dónde empieza este tipo de actitudes, pero no dónde termina. Y como el que propone violencia lo más probable es que engendre violencia, el partido muy bien puede terminar por írsele de las manos. Es un escenario probable y de ningún modo antojadizo, que aquellos hombres y algunos aliados sindicales, como Hugo Moyano y el metalúrgico Antonio Caló, más el aporte un tanto más sutil, pero no menos agresivo de Cristina Fernández, parecieran querer construir.

     La siguiente reflexión, que surge después de los últimos episodios, es que el gobierno y el kirchnerismo han traspasado la idea de convertir unos simples comicios parlamentarios en un plebiscito sobre los seis años de gestión de Néstor Kirchner, primero como presidente en ejercicio y desde diciembre de 2007 como presidente en las sombras. Ahora buscan convertir en guerra santa el resultado del 28 de junio. Tal vez porque ellos, antes que nadie, saben que un resultado adverso o un triunfo muy ajustado, como el que insiste en pronosticar la mayoría de las encuestas independientes, será el principio del fin del reinado del santacruceño iniciado en mayo de 2003. Y muy probablemente llenará de interrogantes la gestión de Cristina en los dos años que le quedarán al frente de la Casa Rosada.

     Agresiones verbales, chicanas políticas de baja estofa y denuncias al voleo han jalonado los pasos del kirchnerismo en la dirección de pretender enlodar el tránsito hacia las elecciones en su último tramo. Scioli y Randazzo sabían un minuto después del condenable escrache al gobernador en Lobería, sin un solo dato de investigación a la mano, que eran “fiscales de Francisco de Narváez”. Kirchner calificó además al peronismo disidente como “bandas fascistas”, igual que cuando acusó de ser grupos de tareas a los dirigentes del campo durante la pelea por la resolución 125. El gobernador incitó a sus presuntos agresores de la oposición a que la próxima vez le peguen un tiro en la cabeza. El metalúrgico Caló dijo que si puede matar, va a matar al presidente de Techint. Mal imitador de Hugo Chávez, después se desmintió a sí mismo y dijo que había sido en tono de broma. Una trasnochada versión salida del Ministerio de Justicia asegura sin rubores que Fernández sabe que quienes le arrojaron huevos a Scioli son un grupo de ruralistas mezclados con opositores de Unión Pro que recorren la provincia sembrando violencia donde aparecen los candidatos del oficialismo.

     El viejo lobo que fue Kirchner, ocasionalmente vestido de cordero, no deja de chicanear desde la tribuna, aunque en tono pastoral, sobre los males que sobrevendrían si el oficialismo perdiera el 28 de junio. Usinas con sede en la Casa Rosada, en la SIDE y en el piso 11 del Palacio de Hacienda advierten sobre impuestazos y otras maldades que saldrán a castigar a cientos de miles de ciudadanos desagradecidos, si tal escenario de derrota o de pérdida de mayorías parlamentarias ocurre dentro de cuatro domingos.

     Aumentos siderales en los servicios domiciliarios de luz y gas, confiscaciones de las cajas de seguridad, de plazos fijos y depósitos en cajas de ahorro, devaluaciones y otras plagas, o escenarios de desobediencia civil peores a los que los argentinos sufrimos como enorme tragedia en 2001, todo sirve para instalar un clima de violencia y de nefastos rumores en la campaña que resulta francamente macabro.

     Veamos dos escenarios. El primero de ellos se relaciona con lo que está ocurriendo. La estrategia del gobierno pasa por pegarle en todos los flancos a De Narváez. Aunque desaconsejada hasta por algunos alquimistas del poder, es evidente que la idea responde a la preocupación de los campamentos del kirchnerismo por el avance del empresario en las encuestas, y la posibilidad de que alcance un crecimiento tal al pasar por las urnas, aunque suponga, en el mejor de los casos, una derrota por muy poco margen a manos de Kirchner y Scioli, que lo deje con una cuota de poder suficiente como para atraer a otros sectores políticos, incluidos nichos kirchneristas. Lo primero que puede verse es casi una comprobación en sí misma: han dejado de lado los ataques a Solá o al mismo Macri. Tampoco se meten con el Acuerdo Cívico y Social de Stolbizer y Alfonsín, que apadrina Elisa Carrió. Todos los mandobles son para De Narváez y el properonismo. Aquel señalamiento al boleo de Scioli y Randazzo tras el incidente de Lobería va en esa dirección.

     Luego, el oficialismo se dedicó en la última semana a inundar las redacciones con encuestas de las que encarga y paga la Casa Rosada. Curiosamente, la mayoría, por no decir todas, ha mostrado una misma escena: aumento de la brecha que separaría a Kirchner de De Narváez. Hablan de 7 a 9 puntos de diferencia. Pero adjudican ese ensanchamiento a la pérdida de intención de voto del properonismo en desmedro del ACS. Es decir, se busca instalar la impresión de que crece el radicalismo y cae el peronismo disidente. La gente abandonaría a De Narváez para pensar en un voto a favor de Kirchner o de Stolbizer; esa es la construcción que se hace en despachos del oficialismo.

     No pocas versiones retorcidas sobre la pelea entre De Narváez y Solá, o las advertencias de que éste se bajará en horas nomás del acuerdo tripartito, para encarar una campaña por las suyas, han partido de fuentes del kirchnerismo. Despachos platenses relacionados con la campaña de Scioli fueron recurrentes esta semana en advertir a algunos periodistas acerca del inevitable hecho a punto de descerrajarse sobre el emprendimiento del properonismo. Así están las cosas.

     El siguiente escenario muestra un reparto de roles, de ningún modo inocente y más vinculado a los espantos, y no tanto a los amores, que generan los candidatos del Frente para la Victoria en el tramo final de la campaña. Podría resumirse así: Kirchner encerrará sus apariciones en el conurbano, Scioli recorrerá el interior de la provincia y Cristina Fernández tomará el rol de viajera por el resto del país, en especial por distritos donde todo parece indicar que el oficialismo la va a pasar mal.

     Está claro que la estrategia de circunscribir las apariciones de NK a los cordones más pobres del Gran Buenos Aires obedece a dos razones: la primera es que el peronismo, desde siempre, y el kirchnerismo, en los últimos años, encuentran allí el clientelismo más puro, el votante sumiso que, por razones sociales o por simple necesidad primaria, es tentado con prebendas, subsidios y planes familiares. Los alquimistas de Olivos y de Balcarce 50 aseguran que el triunfo de Kirchner en esas barriadas será por más de 20 puntos. La Matanza, 3 de Febrero, Berazategui, Florencio Varela y Almirante Brown son algunos de los distritos que aparecen en el muestreo. El siguiente dato rebosa de realismo: Kirchner no puede internarse en el interior de la provincia sin percibir el fuerte rechazo que genera su figura, especialmente en las zonas rurales o de clase media, justamente donde más ha crecido la intención de voto del peronismo disidente.

     Scioli, aunque con suerte variada –como se acaba de ver–, incrementará su presencia en el interior. Es cierto que, más allá de ataques repudiables como el que termina de sufrir, aunque no hayan sido sus autores más que un puñado de hombres de campo desesperados por la falta de solución al largo conflicto, esa comunión con el electorado se ha desgajado desde que el mandatario resolvió atar su suerte a la de Kirchner. Pero no lo es menos que Scioli bien puede recolectar todavía en el interior los votos que eviten una derrota contundente del ex presidente en el primer distrito electoral del país, como habría ocurrido de haberse mantenido al margen de las listas testimoniales. “Sin Daniel como segundo en la fórmula, Néstor podría haber sufrido una dura derrota en la provincia”, dicen en los campamentos del sciolismo, como si hubiesen descubierto la pólvora.

     Cristina Fernández ha sido impuesta de su condición de bombero en auxilio de los candidatos oficialistas en el interior del país. Estuvo en Mendoza, donde las listas de Julio Cobos llevan ventaja sobre los candidatos del gobernador Celso Jaque, acerca de cuya gestión el propio mandatario se espantaría si escuchara algunos cuchicheos que se repiten en la Casa Rosada. Mal que les pese al matrimonio de Olivos y al vocinglero Randazzo, Mendoza se incorporó en los últimos dos meses al escenario de derrotas cantadas o muy probables del kirchnerismo, en especial por la pobre labor del gobierno local en asignaturas cruciales como la atención social y la seguridad. La presidenta viajó luego a Córdoba para aportarle algún interés adicional –del escasísimo que despierta en los votantes locales según todas las encuestas– al kirchnerismo que encabeza en las listas el intendente de Villa María, Eduardo Acastello. El FPV figura en cuarto lugar en cualquier sondeo de la provincia mediterránea detrás de la pelea entre el radicalismo, el peronismo de Juan Schiaretti y el partido del ex intendente Luis Juez. El fenomenal desplante del gobernador a Cristina, pegando un notorio faltazo al acto en Río Tercero, se nutre en la fortaleza, y nunca en la debilidad, del peronismo no kirchnerista de Córdoba, aliado, por lo demás, con la incipiente “liga” de gobernadores y ex gobernadores que planean un nuevo eje de poder partidario, sin los Kirchner, una vez que se conozcan los resultados del 28 de junio.

     Hay que reconocerle a la presidenta su convicción a prueba de balas hacia su marido y las listas del oficialismo en distritos perdidos de antemano: el viernes recibió en Olivos a los candidatos de la Capital Federal, encabezados por el banquero Carlos Heller, a quienes agradeció emocionada por haberle prometido que lucharán para salir terceros en el distrito, detrás de Gabriela Michetti y Alfonso Prat-Gay. Por ahora, ese objetivo parece una vana promesa: cada nueva encuesta reafirma que ese sitial será para el cineasta Pino Solanas.

Eugenio Paillet/”La Nueva Provincia”

Perdieron la guerra, no las mañas

 

 

     Néstor Kirchner planteó la pelea con el campo como una guerra en la que había que ganar o ganar. Y perdió. El ex presidente capituló. Pero nadie espere verlo entregar el sable en una ceremonia en la plaza pública. El santacruceño, que arrastró al gobierno de su mujer durante seis meses de odios y desatinos hasta este presente incierto y marcado por una enorme derrota, mantiene intacta su capacidad para considerar enemigos mortales a quienes no aceptan sus designios. Y ha mantenido a flor de piel las peores mañas y los más negativos rasgos de soberbia y autismo, que logró contagiar a su sucesora, aun en la hora más dura que haya sufrido su espacio político en estos cinco años y medio de ejercicio autoritario del poder.
     ”Perdimos, pero que no se note”, sería, en boca de uno de los funcionarios que gastan pasillos en la Casa Rosada, la síntesis más acabada de lo que se ha visto por estas horas que siguieron al rotundo fracaso en el Senado.
     El decreto que deroga la resolución 125 sobre retenciones móviles, leído por Alberto Fernández el viernes, no incluye la más mínima autocrítica de lo ocurrido. Ni siquiera una línea para dimensionar en su justa medida ese paso arrancado al gobierno por las consecuencias inmediatas de aquella capitulación. Rebosa, por el contrario, de renovados ataques contra los dirigentes del campo. Hasta hace alusiones que rozan aquella nefasta mención de Kirchner frente al Congreso sobre los comandos civiles, cuando pone en letra escrita las presiones que sufrieron los legisladores por los ataques a sus personas y a sus familias. No para ahí: aunque suene inconcebible, desconoce la derrota en la Cámara Alta tras el voto del vicepresidente Julio Cobos. Para el gobierno, en boca de Fernández, en ese recinto no se perdió. Se empató.
     Seguro que la procesión va por dentro. Allí anidan, pero nunca en la superficie como mandan las formas del ex mandatario, los peores odios y rencores para los senadores del peronismo o del Frente para la Victoria que votaron en contra y que con ese paso impidieron que la ley fuera sancionada como llegó desde Diputados. El ex presidente y su mujer decidieron matar al mensajero. Pero es de tal claridad que no hubiese sido necesario el desempate de Cobos si el gobierno lograba alinear a toda su tropa en el voto a favor de la ley, que no resiste el más mínimo análisis. Aquí tampoco habrá capitulación pública.
     Esa renovada impronta del santacruceño y esos rasgos de soberbia que tanto daño les han causado a la mandataria y a su gestión en las encuestas apareció antes en aquel discurso que pronunció Cristina Fernández en la noche chaqueña, el pasado jueves, menos de 24 horas después de la catástrofe del Congreso. En verdad, cualquier transeúnte desavisado que atinase a pasar por el lugar bien podría haber entendido que se trataba del mensaje de una mujer alegre, distendida y triunfante. Fue lo que ella mostró, para beneplácito de la claque que la admiraba desde la tribuna.
     El gobierno no reconoce ni acepta el cachetazo que acaba de recibir. No ha aprendido nada de todo lo acontecido en estos cuatro meses y pocos días más. Por el contrario, tras el terremoto en el Senado, actitudes casi perversas, en su comportamiento, han aflorado en la superficie del kirchnerismo. Jamás le dará el más mínimo gesto a la sociedad, ni menos a la oposición, o a la dirigencia del campo, que impondría desde la más elemental razón el nuevo escenario que se abre. Por lo bajo, en todo caso –o como sostenía aquel funcionario, “sin que se note tanto”–, va entregando retazos de su derrota, como la derogación de la resolución 125, madre de todas las batallas contra la Mesa de Enlace y también del duro contraste que acaba de sufrir el oficialismo. No importa si la letra sacra de esa norma cometa la flagrante mentira de decir que el gobierno no perdió, sino que empató. En el Senado no hay empate, porque para eso, justamente, la Constitución Nacional le otorgó al vicepresidente la facultad de torcer la sanción de una ley hacia un lado o hacia otro. Delicias de la soberbia kirchnerista.
     Ese pantallazo de las cosas alcanza y sobra para dar por tierra con aquellos que, en las filas del propio oficialismo, se entusiasmaban, en las horas que siguieron a la derrota en el Senado, con la posibilidad de hacer de la crisis una oportunidad y producir el ansiado despegue de Cristina Fernández de la negativa influencia del doble comando que le impuso Kirchner. Se empeña en desmentirlos esa forma de doblar la apuesta hasta la insensatez del matrimonio de Olivos.

     Se ha visto, además, en estas horas, que en el gobierno hay una suerte de encerrona política en torno a la actitud, y al futuro, del vicepresidente Cobos. “No sabemos qué hacer con Cobos, pero lo que sí sabemos es que no debemos dejarlo crecer políticamente”, reconocían el viernes en pasillos de la Casa Rosada.

     La primera parte de esa apreciación extraoficial se entiende: en el kirchnerismo hacen cola quienes dicen que debe ser expulsado del cargo por la traición en el Senado. O presionarlo de tal manera que no le quede otro camino que la renuncia. En verdad, no pueden hacer ni una cosa ni la otra. Menos la primera que la segunda, a menos que en este caso se eche mano a procedimientos que estremecen de sólo imaginarlos. “No temo por mi seguridad ni por la de mi familia”, dijo, para sorpresa de algunos, cuando recibió a los periodistas en su Mendoza natal.
     Algunas alquimias folklóricas han surgido en ese derrotero: en la Casa Rosada cuidarán que Cobos no vuelva a pisar el despacho que le corresponde por su rango, a metros del que ocupa Cristina. Y buscan alguna alternativa –ninguna que se vea sin violar la Constitución– para que el vicepresidente no quede a cargo del Poder Ejecutivo cuando la jefa de Estado deba viajar al exterior.
     En aquella dudosa estrategia de meter la cabeza debajo de la alfombra, el gobierno oculta que le duele –y mucho– el presente de Cobos. El vicepresidente ha podido pasearse en andas en su regreso triunfal a Mendoza, un gesto que hoy no podría emular el matrimonio de Olivos ni tampoco ninguno de los miembros del gobierno o de la tropa de legisladores aliados en el Congreso, a menos que lo hicieran custodiados por la guardia de adulones y matones que integran las filas del piqueterismo aliado. Lo dicho: el gobierno quisiera desembarazarse de Cobos, pero el vicepresidente se ha convertido, desde la madrugada del jueves, en casi un protegido de la sociedad. Tanto que, al calor de su histórico gesto de esa jornada dramática, ya han surgido especulaciones sobre su futuro político y hasta sobre sus chances presidenciales para 2011.
     Mientras Cristina Fernández clamaba por un poco de autonomía y por avanzar de una vez por todas en el relanzamiento de su gestión, Kirchner otra vez echó manos a las peores formas de la política para cobrarse una derrota que le duele como pocas otras cosas en su vida personal y pública. Suya –y del grupo tan negativo para la administración de Cristina como los piqueteros D’Elía, Tumini, Pérsico y Depetris– fue la audaz idea de trascender a los medios que, durante aquella madrugada en Olivos, le había sugerido a la presidenta que presentara la renuncia y que armaran las valijas para regresar a Santa Cruz.
     Más allá del inusitado crédito que algunos medios nacionales le dieron a una versión de imposible comprobación oficial, y de tamaña gravedad institucional, lo cierto es que se trató nada más que de una burda maniobra para victimizar a la mandataria y poder salir después con el gastado recurso del “operativo clamor”. Kirchner, desacoplado –debido a su desequilibrio emocional– de una sociedad que está harta de manifestaciones y paros absolutamente costosos e innecesarios, imaginó una nueva Plaza de Mayo llena de militantes peronistas y piqueteros para rogarle a la presidenta que se mantuviera en su cargo y luchara de esa forma contra quienes quieren dar un golpe de Estado. Un despropósito mayúsculo de un hombre que, en verdad, no necesita un psicólogo, como dijo Mario Llambías. Necesita un equipo de psiquiatras.
     El gobierno de los Kirchner no reconocerá nada y, en todo caso, si se siente obligado a actuar bajo presión, lo hará con actitudes como la del insólito decreto que borró del mapa las retenciones móviles, o la casi fiesta de la victoria que Cristina celebró en Olivos, el viernes por la tarde, con la tropa de diputados y senadores que votaron afirmativamente en el Congreso, en la que otra vez aparecieron en boca de todos las presuntas actitudes golpistas de Cobos.
     Lo que tratan de tapar con ese triunfalismo de entrecasa es que si el gobierno no cambia, si no aprende aunque sea en grado mínimo la lección, el panorama hacia adelante es oscuro. El matrimonio presidencial registra una imagen positiva que apenas se levanta del piso. La inflación, la puja salarial larvada por caciques sindicales que no tardarán en mostrar los dientes y otros factores que han estragado a la sociedad –como la inseguridad y la incertidumbre de un desmadre social que está siempre a la vuelta de la esquina– son asignaturas pendientes a las que más les vale prestarle atención.
     Las predicciones agoreras, nacidas en cálculos del propio oficialismo respecto de una posible derrota en las elecciones parlamentarias de 2009 –cruciales si las hay para el oficialismo–, deberán ser tomadas en cuenta. Tremendistas en los cálculos y en los tiempos, hay quienes advierten que si no hay correcciones de estilo y de métodos de gobernar, de seguro no habrá un Kirchner para retener el poder cuando llegue el turno presidencial en 2011.
     Un mensaje esperanzador se escuchó por estas horas cerca de Cristina. Se insiste en que se viene otro escenario; que la presidenta va a tomar el timón; que Kirchner va a salir paulatinamente de escena y que habrá una convocatoria amplia a un diálogo político y social que incluiría a los actores del campo y hasta a los partidos de la oposición. Se dice que habrá un nuevo gabinete de ministros y secretarios; que ella se sacará de encima a los impresentables; que sólo corresponde esperar que pase el cimbronazo de la derrota y el dolor de digerir la traición en sus propias filas. Cuesta creerlo, con los datos a la vista.
Eugenio Paillet/”La Nueva Provincia”

Desde niño uno sabe que el padre viene segundo porque primera es la madre.
En las plazas sobran estatuas que la celebran, pero faltan las del padre.  Ni Dustin Hoffman en “Kramer vs. Kramer” ni Arturo Puig en “Grande, Pa” pudieron alterar la leyenda.  Madre hay una sola: padre puede haber otro.  La mamadera nunca será papadera y aunque el miedo es un miedo padre uno pide por la madre.  El complejo de Edipo tiene más rating que el de Electra, y en los momentos cruciales se invoca más a la madre que al padre: “Madre mía”,” ¡mamma mía!”, “la grandísima madre…” O “madre patria”, “madre tierra”, “salirse de madre”.
El bebe siente que mamá está antes que papá.  Ese destino de segundo hizo al padre más austero en asuntos sensibles. Para qué matarse besuqueando a sus hijos si al final siempre gana la madre.  Ventaja indescontable, que ni llenando la bolsa de Papá Noel, ni poniéndose en todo como un padre, logra emparejarla.  Aunque el cartel estelar del hogar lo comparten ambos, la estrella es la madre.  Para no desairarlo le concede algunos privilegios formales: jefe de familia, cabecera de la mesa, el que lleva las riendas.  Pero la que cocina el estofado es la madre.  “¡Ah!, si lo supiera tu padre”, urde a sus espaldas para que el hijo en falta sea su cómplice.  Con lo cual el padre no se entera de ese amor secreto que trama la madre con el hijo.
Hoy es él quien recibe las ofrendas y regalos que él mismo paga.  Igual que en el del día de la madre, en que todos salen a comer al restaurante para que ella no cocine, también este domingo irán al restaurante para que ella no cocine y, como en el día de la madre, pagará el padre.  Y si no van al restaurante hace el asado para todos porque es el día del padre.  Lo hace con gusto: nació para eso desde cuando cazaba dinosaurios y además tenía que carnearlos y cargarlos al hombro hasta la cueva.  Pero al llegar la madre protestaba porque no sabía elegir los más tiernos.  Si cazar dinosaurios no era fácil, tampoco lo es tener trabajo hoy como para que viva una familia.
Ser padre argentino en estos tiempos ha sido una hazaña superior a ser madre o a ser hijo.
Por un instante, mientras lo miman en su día, al padre se le cruza la frustrada utopía de que si no fuera por la madre él sería el primero.  Pero que para lograr ese lugar tendría que resignar sus costumbres de padre y señor mío, y eso no lo hace ningún padre que se precie.  Por eso, para no armar ningún lío padre, asume su lugar detrás de la madre.  Las feministas -que también tienen padre- con tal de no celebrar a un varón son capaces de olvidarse de este día; pero al padre no le importa porque ama a todas las mujeres a partir de la madre.
Que haya un día del padre es una yapa, una compensación social, la ilusoria idea de que entre él y la madre hay un empate. Nadie se lo cree: y él, menos, porque sabe que pierde.  La madre es la dueña del dolor; al padre sólo le queda el papel de evitarlo.  Son socios en la empresa del hijo, pero la acción de oro la tiene la madre.

Aunque sea por esta vez quisiera ser justo y decir que el amor del padre es el más grande.  Hace mucho, al empezar el mundo, tuvo en sus manos el usufructo de la eternidad y la felicidad del Paraíso, pero eligió arriesgarse a copular y crear hijos.  Y pagó la temeridad de seducir a la madre desoyendo la veda.  Apostó a una manzana sabiendo que por amor lo perdía todo.  Ganó la madre: se quedó con el hijo dentro de ella.  Pero por estrategia y piedad le hace creer a él que es ella la que pierde.  Que hoy las madres no interfieran!!

Orlando Barone
El texto me lo envió Nancy Fontinuovo

Felicidades a todos los padres, en su día.

Y al mio todo el cariño del mundo, el lo sabe de memoria. ;-)